martes, 18 de abril de 2017

Estamos mirando en la dirección equivocada





En sociedades como en las que vivo lo normal es que como ciudadanos nos preocupemos por las actuaciones de nuestros políticos. Queremos que se nos tenga en cuenta a la hora de tomar decisiones en los parlamentos porque se supone que las decisiones que se toman allí afectan a nuestras vidas. Ejercemos nuestro derecho al voto y a la manifestación para mostrar nuestro acuerdo o desacuerdo con las acciones que hace la clase política y nos lo tomamos muy mal cuando el gobierno de turno toma medidas impopulares sin tener en cuenta nuestras opiniones.
No obstante a nadie parece importarle lo que se cuece en las reuniones del W3C, de otros consorcios de estándares o de corporaciones como Apple, Alphabet, Facebook etc. Cuando lo que allí se decide va a impactar mucho más directamente y mucho más drásticamente sobre nuestras vidas que la  enésima ley de educación.
Damos por hecho que esas decisiones pertenecen al ámbito privado de las empresas o los comités y que evidentemente ahí no pintamos nada. No sólo aceptamos sin problemas que no tengamos derecho a dar nuestra opinión allí sino que es algo que, en general, no nos preocupa en absoluto, nos trae al pairo. Al fin y al cabo son empresas privadas ¿no?
Asumimos de forma inconsciente, que si dichas entidades tomaran decisiones que pudieran alterar demasiado nuestro modo de vida "alguien haría algo", principalmente las instituciones públicas o que, en el peor de los casos, nosotros como consumidores tenemos la libertad de dejar de utilizar un servicio si el fabricante que lo proporciona hace algo que no es de nuestro gusto.
Las empresas y consorcios que se encargan de tejer la realidad tecnológica del mañana (que cada vez más tiende a ser la "realidad" a secas) conocen perfectamente nuestro desinterés general por sus investigaciones y lo celebran. Están encantados que les dejemos trabajar sin prestarles casi ninguna atención. La política además les proporciona una estupenda cortina de humo para mantener a la gente distraída y refunfuñando desde las mismas redes sociales que parte de estas empresas proporcionan y facilitan para mantener nuestra miopía.
Y mientras, ellos avanzan definiendo protocolos de comunicación, algoritmos de inteligencia artificial, sistemas de encriptación, estrategias de marketing digital, patrones de comportamiento y toda una serie de mecanismos que permitirán que cada día sea más fácil manejarnos como a meras hormigas de laboratorio.
Nosotros, a lo nuestro, preocupándonos de si se saca tal o cual autobús propagandísitico a la calle, de si tal o cual figura política ha publicado tal o cual disparate, de si se ha producido tal o cual caso de corrupción. No digo que esos asuntos no tengan importancia pero sigo pensando que tienen menos importancia que otras decisiones que toman dichos agentes privados y que van a determinar que vas a hacer dentro de unos años desde que te levantes hasta que te acuestes, que van a dictaminar de que vas a trabajar, -si es que vas a trabajar-, que es lo que vas a ver, escuchar y que vas a poder o no poder decir o publicar. La tecnología sigilosamente se va introduciendo en los ámbitos políticos, económicos y sociales. Nosotros seguimos viviendo en la alucinación de que cuando queramos podemos dejar de utilizar las redes sociales, el correo electrónico, las tarjetas de crédito o incluso la propia internet mientras seguimos facilitando alegremente más y más información acerca de nuestra vida y nuestras personas a cambio de una nueva colección de emoticonos. Esta información sirve para refinar cada vez más los algoritmos que crean modelos que permiten predecir y adivinar nuestro comportamiento. Ante este hecho no puedo dejar de recordar a los indigenas americanos que entregaban grandes extensiones de terreno a los colonizadores a cambio de baratijas y cuentas de vidrio de colores.
En el background de todo esto hay un grupo de personas muy inteligentes que sueñan con llevar a cabo sus utopias y están convencidas de poder diseñar el destino de la humanidad  a su gusto sin, por supuesto, tener que pasar por el engorroso e inútil proceso de consultar nuestra opinión al respecto.

Foto: Alviman

viernes, 24 de marzo de 2017

Diez frases que no hubiéramos entendido hace apenas diez años

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La tecnología avanza a un paso super acelerado de tal manera que cada vez se necesita menos tiempo para hacer que el panorama  en el que vivimos se haga irreconocible a alguien del pasado.
Si un habitante de 1900 se hubiera quedado dormido y no hubiera despertado hasta 1910, apenas habría notado diferencias  drásticas en el uso de la tecnología, ni siquiera si cambiamos los años entre 1950 y 1960. Sin embargo nuestro yo de 2007 probablemente se sentiría muy des-ubicado si viajara de golpe a 2017 e intentara captar a la primera mucho del contenido de conversaciones actuales dónde interviene la tecnología. He aquí algunas frases de uso común que probablemente nos habrían sonado a etrusco hace apenas 10 años.
  1. "Cuándo llegues a casa envíame un whatsapp...y haz caso al GPS!"
  2. "No veas la que se ha liado esta mañana en Twitter" (Twitter ya existía en 2007 pero ni de lejos tenía la importancia actual, solamente la conocían cuatro nerds y early adopters)
  3. "¿Probaste la app de GTD para iPad que te dije?"
  4. "Me encanta su Instagram, es super hipster"
  5. "¿Me followeas?"
  6. "Sería capaz de cualquier cosa por unos cuántos likes"
  7. "Se deja su Tesla siempre enchufado delante del co-working"
  8. "Solamente puedes ver selfies en su timeline, WTF!?"
  9. "El periscope ya no se usa, utiliza el Stories"
  10. "Yo hago trading con esta app, es lo menos arriesgado si pasa otra vez como en 2008"
Lo realmente interesante es proyectar esto mismo hasta el futuro. ¿Os imagináis, cuales podrían ser estas frases dentro de 10 años? Es imposible saberlo pero es inevitable sentir cierta fascinación fantaseando sobre ello. Aún a sabiendas de que tengo el 100% de probabilidades de fallar, no he podido resistir la tentación de conjeturar acerca de cuáles podrían algunas de esas frases en 2027.
  1. "Este coche siempre elige el mismo camino para llevarme hasta a casa, y mira que le he dicho que se salte las estaciones de carga"
  2. "Y me lo confesó todo sin sospechar que le estaba grabando con los ojos"
  3. "En esa room tienes mucho más espacio, es mejor que pasear por el Londres de verdad"
  4. "Dice el coche que me recoge en 10 minutos"
  5. "Me equivoqué de opción y el chino empezó a hablarme en alemán en lugar de en español"
  6. "Acerca más la muñeca que aún no tengo los datos en mi ID"
  7. "Me quiero imprimir una con cinco habitaciones"
  8. "Imprímeme dos hamburguesas que en seguida llego de hacer el check-in en nombre la app de turno"
  9. "Yo también dije que no me implantaría nada debajo de la piel, y mírame ahora!"
  10. "¿Te acuerdas cuando los fingers de pollo los hacían de pollos muertos?"

lunes, 13 de febrero de 2017

Reflexiones sueltas acerca de la energía financiera




Después de la lectura de Dinero y Conciencia de Joan Antoni Melé he estado pensando en muchos conceptos que he ido cristalizando en reflexiones sueltas y ambiguas. Como resumen diré que la mayor lección que he obtenido ha sido la de comprender que el dinero es un símbolo que sirve para convertir parte de nuestra energía vital en lo he venido a llamar, a falta de un término mejor, “energía financiera”. En efecto, el dinero, como la mayoría de los símbolos es neutro, su magia empieza a actuar cuando lo utilizamos como instrumento en el que traducir nuestros impulsos e intenciones en operaciones financieras de venta y compra que tienen consecuencias y que por lo tanto no son en absoluto neutras. Todos los símbolos tienen un poder inmenso en cuanto son activados por la psique humana. Podemos decir que el poder simbólico es uno de los más potentes que hay en el mundo. Esto se hace especialmente evidente con el dinero. En un sistema social, como el nuestro, regido por las políticas monetarias, todos nos hemos puesto de acuerdo para atribuirle a las diferentes divisas un poder fáctico, de tal manera que el poseer mucho dinero llega a ser equivalente de poseer mucho poder.
La naturaleza simbólica del dinero se pone de manifiesto cuando pensamos en la utilidad que tendrían un montón de fajos de billetes si estuviéramos aislados en una isla desierta en medio del océano o perdidos en una cumbre montañosa. Está claro que el dinero manifiesta su poder dentro del contexto social humano. Pero eso no cambia mucho las cosas, el poder por muy simbólico que sea no deja de ser poder y es ahí donde está el meollo de la cuestión.
Cuando tenemos un euro en el bolsillo tenemos una porción de poder, una porción de energía ya que ese euro nos permite hacer muchos tipos de transacciones. En nuestras manos está la elección de cómo utilizar esa energía, de cómo ponerla de manifiesto. Podemos escoger comprar algo con él o meterlo en una hucha para decidir que hacer con él en el futuro o podemos regalárselo a alguien. En cada caso nuestra elección tendrá unas consecuencias en el mundo. Por supuesto el impacto será distinto en función de la cantidad de dinero (energía financiera) que se utilice y la forma en la que se utilice, pues un puñado de euros pueden tener mucho más impacto que muchos miles de ellos; por ejemplo comprarle un libro a un niño prometedor por unos cuantos euros a la larga puede repercutir en beneficio de la sociedad mucho más que varios miles de euros gastados en un casino. Y aquí es donde entra en juego la conciencia. La relación entre el dinero y la conciencia es muy estrecha. El problema de no poder prever con exactitud las consecuencias de nuestras operaciones financieras puede complicar un poco las cosas, no obstante es razonable pensar que uno hábitos financieros son más saludables que otros. Al igual que se malgasta energía eléctrica dejando la luz encendida, energía física corriendo sin sentido o agua dejando el grifo abierto, también se malgasta energía financiera cuando se derrocha dinero en operaciones improductivas. Al igual que el derroche de otro tipo de energía no es inocuo sino que tiene consecuencias negativas, el derroche de energía financiera tiene también consecuencias negativas desde el momento en que ese dinero que se ha derrochado no se ha utilizado para realizar otras acciones provechosas. Así que podríamos decir que malgastar la energía financiera es una mal hábito. Invertir energía financiera comprando productos en un comercio que mantiene puestos de trabajo y hace una labor social, sería, por el contrario, un buen hábito.
Sería posible elaborar un listado de buenos hábitos financieros:
  • Invertir en bienes que produzcan beneficios a tu comunidad
  • Comparar precios y escoger la mejor opción calidad/origen/precio (valorar otras variables a parte de la propia de precio)
  • Optimizar energía financiera, ¿por qué gastar más pudiendo gastar menos?
  • Utilizar la banca ética
  • Aprender a ser felices con necesidades que optimicen al máximo la energía financiera (aprender a hacer más con menos)
Claro que un listado así en frío en algo muy genérico y siempre será necesario estudiar el contexto concreto en el que operamos con nuestro dinero. Por eso es prioritario hacernos responsables de nuestro uso del vil metal y eso supone interesarse, en la medida de lo posible,  a donde va a parar nuestro dinero y que uso se hace de él.
Además la energía financiera , como toda energía, es líquida, es un fluido (no es casual que el termino “liquidez” se use con tanta frecuencia en ámbitos financieros) esto quiere decir que manifiesta su poder cuando fluye y queda oculto de forma latente cuando se almacena. El hecho de que fluya además hace que, inevitablemente, en ocasiones este flujo sea más abundante y en ocasiones más escaso (exactamente lo mismo que ocurre con nuestra energía física por ejemplo), por eso gestionar responsablemente nuestra energía financiera se convierte en un arte.
Si aceptamos que efectivamente el dinero es un tipo de energía que fluye  a lo largo de nuestra vida, será más fácil a su vez aceptar que habrá ocasiones en que dispongamos de más energía y otras veces de menos. Pero si aprendemos a gestionar de forma saludable dicha energía siempre estaremos en disposición de mantener unos niveles óptimos para llevar una vida plena. (la ampliación de este punto bien valdrá otro post)
Pensemos en un martillo. Cuando el martillo está guardado en la caja de herramientas su poder está en forma latente o potencial. El lladrillo potencialmente puede clavar muchos clavos, enderezar una barra o hacer otro tipo de operaciones, pero mientras está encerrado en la caja de herramientas ninguna de esas posibilidades se manifiesta. Es en el momento en que se saca de la caja, se empuña y se le hace trabajar cuando el martillo demuestra realmente su utilidad. De la misma forma, cuando el dinero está guardado en una cuenta bancaria su poder sólo está latente y no se manifiesta más que de forma indirecta (el simple hecho de tener mucho dinero en la cuenta corriente puede hacer aumentar la confianza de otros o la propia autoconfianza ) mientras que cuando se utiliza, es decir cuando se hace circular, su poder se manifiesta de  forma evidente. Pero un martillo es un objeto sólido, así que cuando deja de utilizarse, salvo por quizá algunas pequeñas muescas, mantiene sus posibilidades intactas, sin embargo la energía financiera, como cualquier otro fluido, se disipa, se agota tras su utilización (cómo el agua o el gas) por eso una de las claves para poder manejar eficientemente la energía financiera, aparte del ahorro y el gasto consciente, es el saber encontrar fuentes de energía financieras también conocidas como fuente de ingresos.
Desafortunadamente, no todas las personas están preparadas para hacer un uso adecuado de la energía financiera. De hecho suele ocurrir que muchas de las personas que disponen de más energía financiera son las que peor uso hacen de ella, y esto se traduce en la aparición de mucho sufrimiento. El dinero no sólo hay que saber ganarlo, también hay que saber gastarlo y cuando se utiliza sin la suficiente madurez puede llegar a ser muy peligroso para los demás y para el propio poseedor del dinero, ¿hace falta recordar la cantidad de vidas que se han arruinado por culpa de una mala utilización del dinero?. El exceso de energía financiera puede ser tan doloroso como su escasez extrema (de nuevo, exactamente igual que lo que ocurre con otras energías) y cada persona está preparada para manejar una cantidad limitada de esta energía. Por eso los cambios bruscos en los flujos pueden ser muy problemáticos como se ha podido comprobar en muchos casos de premiados de la lotería, con premios muy cuantiosos , que han llegado a confesar haber atravesado por muchas perturbaciones en su vida diaria hasta que han logrado adaptarse a la nueva situación. Una buena cantidad de ellos además, al cabo de unos cuantos años volvieron al mismo nivel de renta que tenían antes de la obtención del premio como resultado de operaciones financieras desafortunadas fruto de su falta de conocimientos de inversión.
El secreto está en descubrir en que rango de cantidades te manejas a gusto y a partir de ahí intentar que tus gastos tenga un impacto positivo en la sociedad o al menos el menor impacto negativo posible. No olvidemos, por ejemplo, que el simple hecho de comprar un dispositivo electrónico alimenta el tráfico de Coltan que genera mucho sufrimiento al cabo del año sobre muchas personas. Al menos si con la ayuda de ese dispositivo electrónico podemos educarnos a nosotros mismos  o crear contenido que ayude a otras personas, habremos paliado, aunque sea en parte, ese sufrimiento cambiando la polaridad de la energía financiera invertida.
Por eso es importante saber utilizar nuestra energía financiera con sabiduría. El dinero de por sí no es malo ni bueno, es la conciencia que hace uso de él lo que puede convertirlo en la perdición de la sociedad o en un instrumento muy poderoso para crear y compartir bienestar.
Hagámonos pues responsables de nuestra energía financiera y utilicemosla para aquello que consideramos justo.

miércoles, 8 de febrero de 2017

Videojuegos sí, esclavitud no


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En más de una ocasión y en este mismo blog he manifestado mi total apoyo a los videojuegos como algo que no únicamente puede ser my divertido sino también una estupenda herramienta de aprendizaje y una gran ayuda para desarrollar múltiples habilidades mentales. Soy un acérrimo detractor de la corriente ideológica que defiende que los videojuegos son, por definición, algo dañino especialmente para los jóvenes. Más bien defiendo todo lo contrario, que deberíamos acercar los videojuegos a los niños/as y jóvenes y guiarlos en escoger los títulos de la misma manera que podemos hacer con sus lecturas o con sus aficiones deportivas.
Ahora bien, una cosa es pensar que los videojuegos pueden ser muy buenos y otra muy distinta pensar que todos lo son. Con los videojuegos como con cualquier instrumento de comunicación humana; pueden ser muy beneficiosos o pueden ser nocivos y sin duda algunos videojuegos pueden llegar a ser muy nocivos. Y no estoy pensando precisamente en ese tipo de videojuegos que tanto gusta denostar en la prensa sensacionalista en los que hay exceso de violencia, lenguaje soez o se defiende un tipo de héroe de moral cuestionable. No es que ese tipo de juegos me entusiasmen pero considero que los que estoy refiriendo son mucho peores.
Estoy hablando de esos juegos -generalmente para dispositivos móviles- que te obligan a "fichar" cada día, algunos incluso cada pocas horas para ir recibiendo "obsequios" virtuales o incluso para cumplir los propios objetivos del juego. Todo empezó, más o menos, con juegos como aquel de la granja donde había que invertir unos pocos minutos cada día para regar los tomates y abonar el maíz con el fin de que no se te secara la cosecha. El mecanismo se fue sofisticando y de ahí se pasó a tener que comparecer un día determinado porqué ese era el único día en el que tal o cual obsequio se podía conseguir (cómo si hubiera un imponderable de la naturaleza que así lo obligara). De los días se pasó a las franjas horarias. y luego ya vinieron los bonus o cofres de regalo que se regeneran cada 24, 12, 8 o 4 horas, los premios que se obtenían jugando cinco días seguidos sin fallar ni uno, los rankings de prestigio en los que desciendes si no juegas asiduamente o la aldea que puede ser saqueada en cualquier momento si no estás conectado a la partida. El paroxismo podrían ser esos videojuegos multi-jugador donde te arrojan a la liga de los "parias" o los "indeseables" si de forma re-incidente abandonas la partida antes de acabarla  (poco importa que lo hayas hecho de forma voluntaria o porque se te ha cortado la conexión).
Y yo me pregunto ¿acaso no tenemos bastante con el stress que nos impone al diario el frenesí de la vida moderna? ¿Es que no tenemos suficiente con fichar en la oficina o en la fábrica que además queremos fichar en esos lugares virtuales? Ya somos esclavos de muchas obligaciones impuestas por el trabajo, la familia, las instituciones o la presión social en general ¿De verdad necesitamos más cadenas?
Lamentablemente he sido testigo, con conocidos cercanos, de situaciones que podemos calificar de surrealistas sin ningún temor a equivocarnos; personas que prefieren llegar tarde al trabajo o ausentarse de una reunión de negocios antes que faltar a su cita con la partida, personas con estados de ansiedad importantes al pensar que en ese momento pueden estar atacando su aldea virtual, personas que prefieren faltar a un evento con amigos o familia antes que cortar su racha de partidas diarias seguidas o auténticos ataques de ira provocados por una interrupción en una partida cuyo abandono te penaliza. Yo mismo, sin llegar quizás a esos extremos, he incurrido en alguno de esos comportamientos. Corté por lo sano el día que me descubrí a mi mismo pendiente de llegar a tiempo a un lugar tranquilo para poder rendir cuentas puntualmente a mi cita con la partida diaria.
Mi conclusión al respecto es clara. Si no te importa que un juego monitorice y condicione tu agenda y tu vida  me alegro por ti, pero personalmente no estoy dispuesto a que una partida me obligue a estar delante de la pantalla a una hora o día determinado. Un videojuego deja de ser divertido cuando deja de estar a tu disposición y tú pasas a estar a disposición suya. Me gusta que poner en marcha un videojuego, al igual que abrir un libro, sea algo que pueda hacer cuando, donde y cómo quiera sin tener que estar pendiente de ninguna agenda o de la ventana de tiempo durante tal o cual cachibache estará disponible por tiempo limitado.
Entendedme, comprendo que la mayoría de fabricantes de juegos hayan optado por el modelo Freemium para conseguir ingresos en una época en la que casi nadie está dispuesto a pagar por un juego en un dispositivo móvil y que parte de esos mecanismo freemium consistan en asegurarse una audiencia mínima diaria a ese juego ¿Pero en serio no es posible imaginar otras formas de "enganchar" a un usuario que obligarlo a comparecer cada día?
Por supuesto sigo jugando a videojuegos pero ignoro las opciones que me exigen estar pendiente del tiempo o el calendario y cuando me encuentro con algunos de esos juegos que -de forma tristemente creciente- son injugables sin entrar en esa perversa dinámica de la presencia obligatoria sencillamente los elimino de mi juegoteca.
Videojuegos sí, esclavitud no!

martes, 17 de enero de 2017

La vida como un parque de atracciones




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La vida actual nos somete a muchas presiones de todo tipo, presiones sociales, presiones de agenda, presiones de trabajo o estudios, presiones de lo que se supone que se espera de nosotros. No es de extrañar que el stress campe a sus anchas entre la mayoría de los ciudadanos, especialmente en las grandes urbes.
Frente a ello no son pocos los que reivindican un estilo de vida más sosegado como en el que se disfruta en el medio rural. Sin embargo yo pienso que la actitud adecuada ante la vida más que la de un pequeño pueblo, -que es idealizada tontamente y de forma sesgada por los urbanitas ante la incomprensión de los habitantes de estas zonas-, es la actitud que teníamos de niños ante un parque de atracciones.

Antes de continuar quiero aclarar que me estoy refiriendo a las excursiones de la era pre-hiperinformación. Ahora es habitual informarse al detalle por Internet de todas y cada una de las atracciones del parque. Antes de llegar ya sabemos que nos vamos a encontrar en cada palmo,llevamos el recorrido totalmente pre-diseñado y hasta podemos estimar el tiempo aproximado que deberemos esperar en la cola de cada atracción. Nuestra agenda está más organizada que en un chequeo médico, sin espacio para el asombro. Pero no es de esto de lo que yo quiero hablar...

Más bien estaba pensando en aquellos tiempos donde la magia aún no se había roto. Recuerdo como de pequeño llegaba a primera hora de la mañana con mi familia al parque de atracciones y sabía que todo lo que había que hacer hasta la noche era pasármelo bien, sin agendas, sin planos y sin planes pre-hechos. Simplemente explorar el parque sin tener ni idea de lo que te ibas a encontrar y dispuesto a dejarte sorprender por las imágenes, los colores, los sonidos, la música, los olores, las luces, la fantasía...

La sensación que ello me producía es indescriptible. Ta bajabas de una atracción totalmente feliz y pensabas "¿y ahora que?" dispuesto a seguir deambulando sin rumbo, excitado ante las maravillas aún por descubrir. Sin planes, sin prisas, sin agobios... El tiempo parecía pararse en esos momentos o, mejor dicho, parecía crearse una burbuja de tiempo infinito dentro de la esfera del tiempo general. En esos momentos me sentía seguro, me sentía tranquilo, nada malo o desagradable podía ocurrir ni aunque se pusiera llover, porque cualquier pequeño detalle, un payaso, un mordisco de algodón de azúcar, el zumbido de una atracción bastaba para mantenerte en ese paraíso en ese trance hipnótico de gozo y alegría.

Frecuentemente he pensado que esa es la actitud y el estado mental que me gustaría mantener en la vida. No voy a cometer la insensatez de pensar que ello puede ser posible en todo momento, la vida es maravillosa pero también es muy dura al mismo tiempo y hay muchas ocasiones en que se precisa nuestra atención para asuntos que no son de nuestro agrado. No obstante considero que un objetivo muy loable sería quitar gravedad innecesaria a nuestra existencia porque sinceramente me parece que, demasiado a menudo, añadimos mucha gravedad a nuestra biografía que no necesitamos para nada sino que está más provocada por nuestra inexplicable adicción al drama y al sufrimiento. Pienso que deberíamos encontrar cada vez más y más burbujas en nuestro día que nos introduzcan en el "parque de atracciones". Alejarnos en la medida de lo posible de las circunstancias, los lugares, las actitudes y los hábitos que tratan de asfixiar nuestras agendas, robándonos la vida y procurar rodearnos de los espacios, hábitos, agendas y personas que nos permitan crear esas micro-burbujas de "parque temático".

No obstante es importante subrayar en este punto que un elemento fundamental para conseguir esto es nuestra mirada ante la vida. La realidad está llena de pequeñas y grandes maravillas que no valoramos o simplemente no sabemos ver. Una mirada, una sonrisa, sentir el viento en la cara, escuchar casualmente un fragmento de música, descubrir un nuevo rincón de la ciudad, encontrar inesperadamente esa moneda que se había quedado olvidada en el fondo del bolsillo tras varios lavados... todo eso debería hacernos despertar la sensación del algodón de azúcar, de la melodía del carrusel o del descubrimiento de aquella nueva atracción que ni sospechábamos que hubiese sido inaugurada.


Creedme, con determinación y práctica es posible abrir esos micro-espacios de magia y asombro en nuestra vida diaria por gris que ésta sea. Con un poco de suerte y dedicación seremos capaces de unir, al menos mentalmente, esas micro-burbujas de fascinación hasta conseguir que al menos una parte importante de nuestro tiempo sea como estar en el parque de atracciones.

imagen: Creative Commons, Syuqor Aizzar


miércoles, 19 de octubre de 2016

Los dos personajes de nuestra vida



Durante los primeros años de nuestra vida vamos construyendo un personaje para representarnos a nosotros mismos sobre la tierra. Nos inventamos ese personaje basándonos en nuestros miedos, nuestras frustraciones y la falsa imagen que de nosotros proyectan los demás.

En la gran mayoría de los casos nuestro propio inconformismo hace ese personaje que nos hemos inventado no nos guste. Nos desagrada porque le encontramos un montón de defectos así que nos inventamos otro personaje que corresponde a la persona que nos gustaría ser o la que creemos que gustaría a los demás. De esta forma nos pasamos la vida entera intentando convertir el personaje que creemos que somos en el personaje que nos gustaría ser.
El problema es que ambos personajes son falsos. Ninguno de ellos somos nosotros realmente.

¿Entonces quiénes somos realmente? Esa es una pregunta muy interesante y contestarla supone un trabajo que nos puede llevar toda la Vida. Se trata del camino del autoconocimiento.

No se trata de un camino fácil ni rápido, pero sin duda es una senda que vale la pena recorrer.

Imagen : Adobe Stock

jueves, 4 de agosto de 2016

Mis tres ciudades

Tricity
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Hay muchos sitios en el mundo que me gustan y aún son más los que me gustaría descubrir y que estoy seguro que también me encantarían, pero hay tres ciudades en el mundo que han marcado mi vida y la siguen marcando mucho. Esta ciudades son BarcelonaMadrid y Lisboa.
No quiero decir que no hayan lugares más bellos del mundo ni siquiera considero que tengan que ser los lugares más bonitos que he visitado, pero son tres ciudades que forman parte indivisible de mi biografía aunque no he tenido residencia en ninguna de ellas. No obstante que no haya tenido residencia en ellas (ese honor se lo llevan primero Santa Coloma de Gramanet y luego Montcada i Reixac) no quiere decir que no haya vivido en ellas, de hecho gran parte de mi vida ha transcurrido en ellas; esto quiere decir que he sido feliz en ellas, he paseado, he trabajado, me he emocionado, he disfrutado, he sufrido, he crecido, he reído y he llorado en ellas. Porque al final la vida se mide en horas y en la intensidad de éstas y son muchas y muy intensas las horas que he pasado en estas tres grandes urbes.
Aunque amo a las tres con todas mis fuerzas la relación con ellas siempre ha sido distinta de la misma forma que no amamos de la misma manera a una madre, a un/a amigo/a o a un/a hermano/o. Cada una me ha conquistado de forma distinta. He aquí un breve resumen.

Barcelona

Es la ciudad en la que nací y a la que considero que pertenezco (en el sentido literal, yo le pertenezco a Barcelona). Mi amor por esta ciudad ya viene de nacimiento, jamás me he planteado mi vínculo con ella. Lo doy más que por hecho no sólo porqué fue el lugar al que llegué al mundo sino porque ya desde que tengo memoria siento ese hilo umbilical que me une a mi ciudad para siempre.
Barcelona es una ciudad auténtica en el sentido más pleno de la palabra y aunque me entristece reconocer que la presión turística de los últimos tiempos le ha hecho perder parte de esa autenticidad en favor de una cultura especulativa de cartón piedra, cuando tienes tantas toneladas de magia como tiene la ciudad condal, puedes permitirte el lujo perder parte de esta autenticidad y seguir conservando ese hechizo que atrae a tantas personas de todo el mundo.
A mucha gente de todas partes del planeta les fascina Barcelona y lo entiendo. Barcelona es una ciudad esotérica llena de misterios que pasan desapercibidos a la parte racional y consciente de la mayoría de vecinos y visitantes pero que es captada por la sensibilidad inconsciente que hay en cada ser humano, de ahí que muchos sientan esa atracción por esta ciudad sin saber muy bien porqué. Por supuesto es algo que se intensifica conforme inviertes más tiempo recorriendo sus calles.
A mi me encanta dar largos paseos por Barcelona, es una de mis actividades favoritas y en las que invertiría gran parte de mis horas libres si no tuviera que atender otras obligaciones. Simplemente soy feliz atravesando sus aceras en silencio y dejándome impregnar por su hechizo.

Madrid

Mi relación con Madrid es excelente. Es una ciudad por la que siento auténtica pasión, pero no siempre fue así. Las primeras veces que fui a Madrid sus dimensiones me abrumaron, todo me parecía enorme y desproporcionado hasta el punto  que durante mucho tiempo, erróneamente pensé que no me gustaba. Pero nada más lejos de la realidad, fue simplemente la impresión inicial como cuando pides el plato principal en un buen restaurante y te sacan un manjar de tamaño gigante y adornado con todo tipo de viandas y guarniciones, o cuando te presentan a una persona con una personalidad arrolladora. En ambos casos te sientes intimidado, piensas que no te lo vas a poder comer, en el caso del plato o que no vas a saber como relacionarte, en el caso de la persona.
Pero superado ese shock inicial, cuando empiezas a conocer más de cerca a esta ciudad infinita e intuyes todo lo que tiene que ofrecerte, empiezas a disfrutar de un modo que solamente Madrid te puede provocar. Madrid es de esas ciudades que seguiría sorprendiéndote aunque vivieras 1000 años. Aunque he estado cientos de veces siempre descubro nuevos mundos dentro de ella. Madrid es una ciudad que incluye a muchas otras en su interior y todas ellas increíbles.

Lisboa

Lo de Lisboa fue una auténtico amor a primera vista. En cuanto la visité por primera vez supe que estaría enamorado de ella de por vida. Y como todo buen flechazo que se precie, no sabría explicar que fue lo que me enamoró de ella, simplemente se produjo el milagro y la magia que aún hoy día me acompaña.
Lisboa emana una magia tan intensa como la de Barcelona pero es aún más sutil. Te envuelve desde el primer segundo y esa luz tan especial que tiene se clava en tu percepción para siempre. Mi ánimo siempre se calma y se vuelve más melancólico y sensible cuando estoy allí. Aunque no fui por primera vez a Lisboa hasta que ya fui adulto tengo la sensación de haberla conocido de toda la vida cuando paseo por sus calles. Al igual que me ocurre con Barcelona y Madrid tengo la sensación de pertenecer allí, no me siento extraño. Me gusta pensar que aún cuando me haya retirado de la primera línea del trabajo profesional, siempre encontraré unos días al año para encontrarme de nuevo con mi amor que es Lisboa.
Como ya he comentado en alguna ocasión, considero que el ser se compone de tres grandes dimensiones complementarias, una parte física, un aparte mental y una parte emocional y que la mayor parte de aspectos de la vida tiene un equivalente con estas tres dimensiones. Pues bien en el caso de estas ciudades (al menos en su relación con m persona), Barcelona sería la parte física la que está directamente vinculada a mi cuerpo, como si ella y yo fuéramos uno. Madrid la parte mental, la que más tiene que ofrecerme como estimulación intelectual y Lisboa, sin duda la parte emocional la que me hace sentir en estado de perpetuo enamoramiento.
Imágenes de Moyan BrennFelipe Gabaldón y Yann Coeuru