Recuerdo cuándo era un niño que mis tíos y mis primos venían a vernos casi cada semana. Montábamos comidas familiares constantemente que eran muy divertidas. En aquella época parecía que aquello no se iba a acabar nunca, que íbamos a celebrar aquellos encuentros toda la vida y que nuestros hijos y nietos nos irían sustituyendo. Indefectiblemente, el tiempo pasó, los hermanos se fueron distanciando y los primos fuimos dejando de encontrarnos hasta que un día te preguntabas cuántos años habían pasado desde la última vez que viste a uno de ellos y te dabas cuenta que el que una vez había sido tu primo y prometía ser un eterno compañero de juegos era ahora un completo desconocido.
Algo similar pasó con los amigos. En mi época universitaria éramos un grupo inmenso lleno de jóvenes prometedores con futuros profesionales brillantes por delante y parejas que eran la semilla perfecta de futuras familias felices. Acabamos los estudios y nos fuimos dispersando. La mayoría tuvimos que conformarnos con carreras profesionales bastante más modestas que nuestras aspiraciones, dando tumbos por el mundo laboral, e incluso quienes parecían ser la excepción jugaban con la pena y la gloria bastante igualadas. Casi ninguna de aquellas parejas que parecían sacadas directamente de la película "Grease" llegó a nada sólido, algunas acabaron disputándose la custodia del único hijo y muy pocas parecen haber fructificado en familias que podríamos considerar más o menos estables.
Y es que salvo escasísimas excepciones las vidas reales están lejos de la epicidad de las biografías a las que la cultura narrativa de la sociedad del espectáculo nos tiene acostumbrados. En el cine, la TV y la literatura estamos habituados a historias con inicio nudo y desenlace mientras que la realidad es mucho más fragmentaria. Hay acontecimientos inesperados que cambian el rumbo de forma absurda y quiebra nuestra biografía en trozos inconexos, las historias acaban antes de empezar, los desenlaces son inciertos, las relaciones se rompen sin saber muy bien porque y se forman otras aparentemente aleatorias. Es como si el narrador de nuestra vida fuera el típico escritor que rellena un par de folios, se arrepiente del resultado, arruga la página en una bola, la lanza a la papelera y vuelve a empezar con la hoja en blanco que, muy probablemente acabará en el mismo lugar. Y nosotros somos esa papelera que va acumulando bolas de papel a la espera de la novela definitiva que nunca llega.
Un día miramos atrás y descubrimos que estamos rodeados de personas con vidas interrumpidas, con historias que, al igual que la nuestra, se las prometía muy felices y que finalmente no llegaron a ninguna parte. Nuestro mapa es la de un montón de caminos interrumpidos que se suceden sin ninguna patrón aparente
